La caballería roja
("La caballería roja" es un cuadro de Kazimir Malévich, y el nombre de una exposición reciente de La Casa Encendida)
te dije que metieras la cabeza en el congelador después de aquel polvo que duró tres habitaciones:
en tus mejillas había formado entera la caballería roja, y amenazaban las monturas
con descabalgar a sus jinetes y salir huyendo hacia las colinas, y entonces
se te hubiera contagiado el rubor a los pezones, cumbres altísimas de tu cuerpo
y hubiera sido imposible escalarlos, del mismo modo que es imposible
escalar un volcán en erupción
sin quemarse la lengua;
en lugar de eso seguimos besándonos, tan apretados el uno contra el otro
que ninguna de nuestras heridas tenía suficiente oxígeno para seguir viviendo,
como un niño que se aprieta un algodón enorme en la nariz y sigue en el juego;
se nos pusieron los párpados cianóticos perdidos, porque no pasaban los glóbulos rojos
la aduana del beso;
te dije que metieras ur-gen-te-men-te las piernas en una bañera de agua caliente
después de aquel contacto que duró tres prórrogas y un descuento,
porque se te había quedado la mirada, de tan azul, del color del cielo,
que amenazaban tus ideas, preñadas de vértigo,
con lanzarse suicidas en paracaídas sobre el valle que tienes entre las piernas,
y me veía incapaz de detener una invasión completa, cariño,
con un soldado solitario que acababa de disparar su última bala.
Me hiciste caso a medias en el armisticio:
lo último que recuerdo antes del apagón es que acercaste tu flor a mi pistola
y estábamos temblando.
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